domingo, 21 de marzo de 2021

ENSAYOS Y ARTÍCULOS HISTÓRICOS, ECONÓMICOS, SOCIALES, CULTURALES Y POLÍTICOS DEL DIRECTOR ACADÉMICO DE LA COOPERATIVA

ALEJANDRO BUNGE - Integración nacional y regional y peronismo


A la memoria de mi padre, Atanagildo Del Corro, que apenas había hecho la escuela primaria pero que, siendo muy inteligente, se había convertido en un gran lector, lo que trató de transmitirme desde muy pequeño, libro “Upa” de por medio, de manera que a los cuatro años ya había logrado que yo pudiese leer y escribir y realizar las cuatro operaciones básicas de las matemáticas por lo que hasta saltee grados en mi propia primaria.

Introducción

Cuando la actual Unión Europea, el Commonwealth y otros organismos de integración regional no eran siquiera un sueño, un joven argentino, en 1909, en Mannheim, Alemania, lanzó su propuesta de creación de la "Unión Aduanera del Sud" como punto de partida de la integración continental en base a un acuerdo regional que agrupara a la Argentina, Bolivia, Chile, el Paraguay y el Uruguay que posteriormente debiera completarse con el Brasil, aunque sin descartar una participación ab initium del gigante suramericano.

Ese joven argentino, que por entonces contaba con 29 años, fue Alejandro Ernesto Bunge, un ingeniero que se había especializado en Sajonia luego de haber cursado su secundario en un colegio católico y que fuera enviado por su padre a Alemania a estudiar ingeniería para evitar que concretase su voluntad de asumirse como sacerdote, con lo cual lo convirtió en otro tipo de sacerdote, de la causa nacional a la que dedicó sus esfuerzos hasta su muerte en 1943, con sólo 63 años, cuando estaba próxima la llegada al gobierno de alguien que recogió sus ideas económicas y de integración nacional y regional: Juan Domingo Perón.

Aunque Alejandro Bunge pertenecía a esa minoría que gobernaba la Argentina desde Caseros hasta 1916, fue uno de los muy pocos que tuvo la lucidez y el coraje de plantearse una Nación industrializada y moderna. Sus conocimientos técnicos y sus afanes patrióticos le hicieron ganar el afecto de quienes lo conocieron desde sus épocas de estudiante como lo prueba su correspondencia con trascendentes figuras de la época (1).

Esa educación católica lo hizo acercarse al Partido del Centro en Alemania, uno de los grupos que, décadas más tarde, concluida la Segunda Guerra Mundial, diera lugar a la formación de la Unión Demócrata Cristiana, el sector político que más tiempo lleva gobernando desde entonces en el país. Precisamente fueron dos organizaciones del Partido del Centro las que organizaron su charla en Manheim en 1909: la Volksverein (sociedad benéfica para trabajadores) y la Windhorstbund (organización juvenil liderada por Ludwig Windhorst) y su presentador fue el diputado R. P. Knebel, uno de los pioneros del socialismo cristiano. Este sector intentaba representar a la minoría de alemanes católicos frente a la mayoría luterana.

En Alemania se convirtió Bunge en un gran seguidor de las ideas del notable economista Georg Friedrich List, el autor de esa enorme obra titulada “Sistema nacional de economía política” la cual, según se dice, estaba habitualmente sobre el escritorio del canciller Otto Leopold von Bismarck. Frente a los conceptos liberales del pensamiento económico británico, List fue el gran propulsor de las ideas de una economía proteccionista que sirvió como despegue no sólo de su país sino que también fue utilizada, de manera a veces explícita y otras no, en diferentes estados de desarrollo tardío. List se inspiró en su obra en los trabajos del estadounidense Alexander Hamilton, mano derecha de George Washington y gran pensador del desarrollo inicial de su país y fundador del Partido Federal del que también se inspiró Manuel Dorrego durante sus años de estancia en Baltimore. Así es como List fue un gran propulsor del Zollverein (unión aduanera) que hizo que los numerosos estados preexistentes dieran lugar en 1871 a la formación del estado alemán que hoy se conoce, el más joven entre los países de Europa, con excepción de los aparecidos en las últimas décadas como escisiones de las ex Checoslovaquia, Yugoslavia y Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). De hecho se lo considera como el precursor de la actual Unión Europea (UE). Se dice que List también fue leído por Perón como por el brasilero Getulio Vargas, entre otros nacionalistas iberoamericanos.

No hacía mucho que estaba radicado definitivamente en la Argentina cuando en 1918 fundó la “Revista de economía argentina” que editó durante 25 años hasta su fallecimiento en 1943 y de la cual se nutrieron los principales estudiosos de esa ciencia humana en el país y muchos del conjunto de América Latina donde tuvo importantes seguidores como Carlos Ibáñez del Campo, el dos veces presidente de Chile. Bunge, cuya literaria económica había visto la luz en 1913. También escribió varios libros, entre ellos, el más importante, “Una nueva Argentina”, editado en 1940, en el que expuso sus principales ideas, aunque no sin dejar algún flanco débil como su visión racial europeísta que dio lugar a que fuera cuestionado por algunos historiadores económicos que como Sergio Bagú le adjudicaron un rasgo “aristocratizante” y hasta en hombres del campo popular que hicieron más hincapié en ello que en todo lo que significó su pensamiento en el proceso de Independencia Económica que explicitó el propio Perón el 9 de julio de 1947 desde San Miguel de Tucumán. También fue autor de “Las industrias del Norte”, “Riqueza y renta de la Argentina”, y “La economía argentina”, entre otros.

No dejó de prestar atención a su profesión originaria de ingeniero y así es como desarrolló el “Quemador Delta” cuyo propósito ecologista fue el de suprimir los cajones de basura de los domicilios y los carros recolectores de su época transformados luego en camiones. Se trataba de un aparato en el que se podía depositar la totalidad de los desechos para ser quemados y reducidos a ceniza, proceso durante el cual el calor se aprovechaba para cocinar, calentar agua para el baño u otros fines.

Desempeñó diferentes responsabilidades públicas a lo largo de su vida en la Argentina tras concluir sus estudios en Alemania. Se desempeñó en el Departamento de Trabajo (1916-1924) donde llegó a ser director nacional de Estadísticas a partir de 1921introduciendo importantes avances en la materia durante el gobierno de Máximo Marcelo Torcuato de Alvear. Así es que siendo Rafael Miguel Herrera Vegas el ministro de Hacienda tuvo a su cargo primera medición del producto interno bruto (PIB) del país. También organizó las oficinas estadísticas de las provincias de Mendoza y Tucumán.Sus trabajos en la materia fueron reflejados por Hernán Gómez Bollo en “La teodicea estadística de Alejandro Bunge”, libro presentado en 2013. Entre 1920 y 1938 realizó diversos viajes al exterior formando parte de misiones oficiales. Este exponente del capitalismo social fue también docente en las universidades nacionales de Buenos Aires y La Plata donde tuvo como alumnos a economistas que luego, como integrantes del Partido Socialista Independiente, comandaron las actividades financieras, productivas y de servicios del país a partir de 1933 como Raúl Prebisch, Antonio di Tomaso (de Tomaso) y Federico Pinedo.

De su relación con Prebisch nació la implementación del Impuesto a los Réditos (hoy Ganancias) al sugerirle un viaje a Australia y Nueva Zelanda. Ese gravamen, creado en Roma por el rey Servio Tulio, quién había nacido esclavo, a mediados del Siglo VI Antes de Nuestra Era (ANE), con las actualizaciones del caso, mereció el estudio en Australia de Prebisch y posteriormente fue implementado en la Argentina donde en pocos años se convirtió en uno de los principales ingresos públicos que hasta entonces estuvieron casi exclusivamente ligados a las recaudaciones aduaneras.

Sus reflexiones sobre el Tratado de Versalles que puso fin a la Gran Guerra, luego re denominada como Primera Guerra Mundial se asemejaron a las expresadas por John Maynard Keynes en “Las consecuencias económicas de la paz”, donde el gran economista inglés previó, con acierto cuasi matemático, lo que terminó aconteciendo en el mundo de entreguerras y su desemboque en la Segunda Guerra Mundial. Las opiniones de Bunge al respecto fueron escuchadas con atención en los Estados Unidos de América donde pronunciara catorce conferencias en otras tantas universidades de ese país y durante las cuales también profundizó la cuestión de su propuesta en pro de la integración económica de América Latina.

Citando, entonces, a Abel Baldomero Fernández, a 71 años de la muerte de Alejandro Bunge, cabe preguntarse y reflexionar: “¿Por qué, entonces, la vida y la obra del ingeniero Bunge han caído en un sorprendente olvido? Aun quienes se dicen sus discípulos, sus continuadores, no pasan del recuerdo anecdótico o del panegírico necrológico. Pareciera que su voz clamó en el desierto. Sin embargo, su ejemplo constituye un incitante programa incumplido”.

Analizar la obra de Bunge puede dar lugar a un trabajo monumental pero aquí, por razones de espacio en una obra en coautoría con otros destacados historiadores que recuerdan a otros grandes argentinos, se hace una breve síntesis de algunos de sus interesantes visiones económicas, políticas y sociales.

Argentina “país abanico”

Nada mejor que para definir la estructura del país que la caracterización que le diera Alejandro Bunge que cuando como título de uno de los apartados del libro “Una nueva Argentina” escribiese: “La Argentina país abanico”. Es harto frecuente escuchar decir que todas las líneas férreas tuvieron su cabecera en la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), cosa que aún es así en las que subsisten al desguace que tuvo ese modo de transporte en la segunda mitad del Siglo XX a partir de la gestión presidencial de Arturo Frondizi y que se profundizara durante la de Carlos Saúl Menem. También se dice lo mismo de las carreteras y de las líneas de aeronavegación. Alguna vez se intentó hacer lo propio con el transporte fluvial como cuando Bernardino Rivadavia, en 1826, quiso tomar un segundo préstamo, luego del de la Baring Brothers, para instrumentar un canal entre Mendoza y Buenos Aires por zonas sin aguas y sin declives y que fuera, felizmente, frustrado por algunos más sensatos y no corruptos como el caso de Manuel Dorrego.

La definición de Bunge da una imagen por lo demás clarificadora. El tornillo donde se ajustan todas las partes del abanico estaba entonces y sigue estándolo básicamente en la CABA a pesar de algunos procesos que se han ido dando en otras regiones del país las que, de todos modos, siguen manejadas por un sistema financiero y de servicios instalado en la gran urbe que en 1994 instrumentó una Constitución Nacional a su medida. Ese sistema hizo que la cuestión no sea solamente trasladarse de un lado para otro con todas las dificultades y la pérdida de tiempo que ello significa sino como, a partir de ello, se generan las diferentes áreas de riqueza a lo largo de todo el territorio nacional, de una manera inequitativa y que convierten al PIB per cápita en una verdadera ficción que surge de la simple división del pib total por la cantidad de habitantes sin atender mínimamente la realidad de quienes viven en lugares diferentes y hacen tareas diferentes. De todas maneras Bunge apela al pib per cápita pero con el desagregado regional

De sus estudios del abanico surge que del total de riqueza generada en el país (5.918,843 millones de pesos moneda nacional), entre el Gran Buenos Aires y la CABA totalizaban 2.715,695 millones y se le adicionaba el resto de la Provincia de Buenos Aires se llegaba a 4.306,916; nada menos que el 72,77 por ciento del total. Del resto del país surgía sólo el 27,23% de la riqueza producida. En ese marco la Argentina mostraba la existencia de tres grandes zonas con epicentro en la actual CABA. Esto mostraba no sólo los palos del abanico como pueden ser los enlaces del transporte sino las bandas que como fracciones de círculo rodean al eje central. Así, tomando en cuenta los estudios llevados por la Dirección Nacional de Estadísticas en 1924, bajo su conducción, y actualizados hasta 1938, la Zona I, o sea la primera banda, la más próxima al tornillo del abanico, tenía un territorio equivalente al 20% del total del país y una población del 67%, todo en un arco con un eje de 780 kilómetros.

En tanto la Zona II, la siguiente banda del abanico, de 220 kilómetros, es decir hasta los 1.000 con epicentro en la CABA, representa el 40% del territorio, el doble que la Zona I, pero con sólo el 25% de la población. En tanto, la Zona III, más allá de los 1.000 kilómetros, tiene el 40% restante de la geografía nacional pero solamente el 8% de la población. La II representaba sólo el 15% de la capacidad económica de la primera y la III el 9% de lo que resulta que en el 80% del territorio sólo se generaba el 24% de la riqueza y vivía el 33% de los habitantes del país. El “abanico” estaba así completado.

La Unión Aduanera del Sud

Cuando Bunge planteara en 1909 en Mannheim, inspirándose en el Zollverein y en las ideas de List la cuestión de “La Unión Aduanera del Sud” el tema de lo que es hoy la Unión Europea aún no había sido planteado. Recién en 1929 el tema fue planteado por el premier socialista francés Aristide Briand al hablar en la Sociedad de las Naciones, luego devenida en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En lo que hace a América Latina, como lo hizo notar el uruguayo Alberto Methol Ferré, gran admirador de Alejandro Bunge, las posturas de éste iban a contar en la región con dos importantes continuadores a partir de 1927 en los chilenos Eliodoro Sánchez y Guillermo Soubercaseaux.

A nivel internacional el 21 de octubre de 1926 banqueros e industriales propusieron una unión euroamericana que integrase a Alemania, Austria, Bélgica, Checoslovaquia, Dinamarca, Estados Unidos de América, Francia, Hungría, Italia, Noruega, Países Bajos, Polonia, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RU), Suecia y Suiza, pero el planteo no prosperó. Sin embargo, entre el 19 de ese mismo mes de octubre de 1926 y el 22 de noviembre sesionó en Londres una conferencia imperial impulsada por Canadá y Suráfrica que dio lugar a la “Declaración Balfour” y la aparición del Commonwealth (salud común) que abroqueló al RU y medio centenar de colonias con bastante autonomía en un proyecto proteccionista que llevó a la Argentina a firmar con el RU el “Acuerdo D’Abernon” de 1929, devenido en “Pacto Roca-Runciman” en 1933. El Commonwealth potenció su proteccionismo en 1932 con las “Preferencias Imperiales” aprobadas en la conferencia celebrada en Ottawa, Canadá, en 1932.

En tanto Bunge seguía batallando con las ideas de List, en buena medida coincidentes con las expuestas por líderes independentistas americanos como Simón Bolívar, José Francisco de San Martín y José Gervasio de Artigas, entre otros, que más tarde recogieran muchos más, como los argentinos Manuel Baldomero Ugarte, Jorge Abelardo Ramos y José María Rosa (yerno del propio Alejandro Bunge y padre de Eduardo Rosa, quién estimuló este trabajo) o el peruano Víctor Hugo Haya de la Torre.

Su visión integradora nacional y regional se vio reflejada también cuando la Argentina, en 1923, en el marco del lanzamiento de su etapa de industrialización expuesta por el presidente Alvear ante el Congreso de la Nación el primero de mayo de ese año, la Unión Industrial Argentina y otros sectores, hicieron sonar sus reclamos contra las políticas que aplicaban los EUA en perjuicio de la Argentina y otros países, frente a lo cual el presidente de ese país, John Calvin Coolidge, y el secretario del Tesoro (ministro de economía), Andrew William Mellon, replicaron que no iban a dejar de lado sus políticas proteccionistas, frente a lo cual, en 1928, en la Conferencia Panamericana de La Habana, Cuba, el saliente gobierno de Alvear, a través de su representante, Honorio Pueyrredón, planteó sus reclamos frente a los subsidios agrícolas estadounidenses.

Fue en ese mismo 1928 cuando el entonces presidente de Chile, Carlos Ibáñez del Campo, convocó a Bunge para analizar con el resto de su gobierno su propuesta de “La Unión Aduanera de América del Sud” lo que dio lugar a numerosas exposiciones por parte del economista argentino. Esas exposiciones fueron importantes para que se profundizaran, años más tarde, las relaciones entre el propio Ibáñez del Campo, en su segunda presidencia, con el argentino Juan Domingo Perón, en su primera, y brasilero Getúlio Dorneilles Vargas, también en su segunda. Fue una suerte de revival, sin las formalidades del caso, del tratado del ABC (Argentina, Brasil, Chile) que había impulsado el presidente argentino Roque Sáenz Peña y que había caducado en 1930. La destitución de Perón, el suicidio de Vargas y el fin del mandato de Ibáñez del Campo detuvieron ese proceso cuyo intento de reconstrucción se demoró por décadas.

Figuerola, Prebisch y Perón

Entre los seguidores, aspectos económicos del pensamiento de Alejandro Bunge, merece destacarse al catalán José Miguel Francisco Luis Figuerola llegado de España en 1930 tras haber colaborado con el gobierno del general Miguel Primo de Rivera, padre de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange, fusilado durante la Guerra Civil en ese país. La influencia de las ideas del general Primo de Rivera ya se había manifestado en la Argentina a través del gobierno de facto del general José Félix Uriburu y de su primo y ministro de Hacienda, Enrique Uriburu.

Figuerola participaba de un ideario que puede calificárselo como autoritarismo social por cuanto se planteaba un firme ordenamiento pero atendiendo las necesidades de los sectores populares. En ese marco compartió los principios sociales de Bunge y sus colaboradores. Estos que siguieron editando la “Revista de Economía Argentina” hasta 1952, nueve años después de la muerte de su fundador en 1943, participaron bajo la conducción de Figuerola, doctor en derecho y filosofía, en la elaboración del plan armado por el “Consejo Nacional de Posguerra”, que presidiera Perón, y luego en la elaboración del “Primer Plan Quinquenal” implementado a partir de 1947.

Los intentos políticos de Figuerola de generar una constitución con rasgos corporativos lo alejaron de los primeros planos, sobre todo cuando Perón y su esposa María Eva Duarte (Evita) convocaron para esa tarea a Arturo Sampay. Desde entonces Figuerola siguió vinculado personalmente a Perón hasta el fin de su gestión en septiembre de 1955 pero ya no volvió a tener cargos relevantes. Sus ideas, de todos modos, habían tenido una relevante importancia durante el período de 1943 a 1946 durante el cual Perón fue una figura decisiva sobre todo a partir de que en 1944 asumiese como presidente Edelmiro Julián Farrell quién llevó adelante muchas de las propuestas de su luego sucesor, como la estatización total del Banco Central de la República Argentina (BCRA), la sanción del Estatuto del Peón Rural o la creación del Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI).

En cambio, el discípulo predilecto de Bunge, Raúl Prebisch, si bien mantuvo su ideario como cabeza de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), su adscripción al antiperonismo lo hizo renunciar a los principios que hicieron que ya a los 19 años, y siendo aún alumno suyo, fuese un hombre clave en el andamiaje bungiano. Por ello, luego de haber impulsado importantes políticas como la ya mencionada creación del Impuesto a los Réditos durante la presidencia de Agustín Pedro Justo, en 1956, apelando a argumentaciones mentirosas basadas en el falseamiento de datos, se sumó a los golpistas y propuso una serie de medidas antipopulares que incluyeron el ingreso al Fondo Monetario Internacional (FMI) lo que se concretó el primero de agosto de 1956. Curiosamente poco antes del golpe del 16 de septiembre de 1955, conociendo su condición de seguidor de Bunge, Perón había convocado a Prebisch para la elaboración de un estudio sobre la realidad argentina, cosa que éste rechazó.

Aunque no exista la historia contra fáctica más que como un ejercicio literario se puede ensayar la ucronía de que, seguramente, Alejandro Bunge, de no haber fallecido en 1943, a partir de la aparición de Perón en el escenario político argentino en ese mismo año, se hubiese convertido no sólo en un intelectual de referencia a partir de sus obras sino, además, en uno de los hombres de su confianza, como el citado Figuerola, sino más allá, en un integrante de su gabinete ministerial en una etapa internacional muy difícil, sobre todo a partir del “Plan Marshall” implementado por los EUA en 1947 y puesto en marcha en 1948, que dejó a la Argentina al margen de sus tradicionales mercados europeos que pasaron a abastecerse centralmente en ese país y algo en Canadá; en este caso a pedido del RU.

Un párrafo de un artículo publicado en 1941 bien pone a la vista su visión de lo que, décadas más tarde, el historiador Marcelo Gullo llamó la insubordinación fundante, la que bien tiene que ver con esos procesos nacionalistas desarrollados en Suramérica poco después de este comentario: “En todas las naciones civilizadas existe una política económica y social propia que se opone a la influencia del exterior. En el nuestro, en cambio, existe la política económica y social que el exterior nos impone. Se trata, en fin de crear una política económica argentina, política que jamás ha existido y que no es tan necesaria como nuestras instituciones sociales y administrativas. La Argentina, por su patrimonio territorial y las condiciones fundamentales de su pueblo, puede mantener una vida en todos sentidos independiente, con la sola condición de hacernos cada día más dignos de nuestra heredad por nuestro propio esfuerzo”.Es, tal vez, por ello, que Carlos Piñeiro Iñíguez, plantea la perspectiva de la influencia de Bunge en Perón, así como también la de Franklin Delano Roosevelt, el cuatro veces presidente de los EUA en su concepción proteccionista.

Relación entre integración nacional e integración regional

Manuel Dorrego y Juan Manuel de Rosas, el primero en los debates constitucionales de 1826 y el segundo en su carta a Facundo Quiroga desde la “Hacienda de Figueroa” (en San Antonio de Areco) del 14 de diciembre de 1834, hicieron hincapié en la necesidad de que el federalismo debía asentarse sobre la autosuficiencia económica de cada provincia como los EUA tras su independencia en 1776 y, aunque sin mencionarlo, estaba implícito el pensamiento de Alexander Hamilton que, actualizado por Friedrich List, fue recogido y desarrollado por Alejandro Bunge, el padre de las estadísticas en la Argentina, como lo reconociera el propio Bagú.

En ese sentido Bunge no sólo propuso la integración entre los países del Cono Sur del continente sino que planteó esquemas regionales que implicaran provincias argentinas con sus vecinas de los países limítrofes. Algo que fuera recogido en la Argentina durante el período 1983-1987 por José María Vernet, el entonces gobernador de la Provincia de Santa Fe, cuando impulsó la alianza del Codesul (Consejo de Desarrollo e Integración del Sur) conformado en 1961 por los estados brasileros de Mato Grosso do Sul (que se sumó más tardíamente), Paraná, Rio Grande do Sul y Santa Catarina con el Comisión Regional de Comercio Exterior del Noreste Argentino (Crecenea), creada a su impulso en 1984 e integrado por las provincias de Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Formosa, Misiones y Santa Fe. El acuerdo Codesul-Crecenea, impulsado por Vernet, (autor del concepto de “áreas de soldadura” que dio lugar a la creación en la cancillería de una oficina de Fronteras), mediante la firma del acuerdo de Canela, población rural en Río Grande do Sul, con el entonces gobernador de ese estado, fue concretado en 1988,dando lugar al primer y único acuerdo subregional interestatal, que luego generó acuerdos con el Paraguay en 1989, y que fue anticipatorio del Mercado Común del Sur (Mercosur) pero que a partir de 2005 se encuentra virtualmente paralizado.

En ese sentido Bunge ya había planteado los acuerdos subregionales para dar impulso a las provincias situadas en el “borde del abanico” y así sugirió, por ejemplo, un acuerdo entre las provincias del Noroeste, en particular Jujuy y Salta, con Bolivia; de las del Noreste con el Paraguay y de las cuyanas y patagónicas con Chile. Ese tipo de integración subregional debiera ser clave para las zonas del país más lejanas del tornillo del abanico cuyo comercio en el marco de las relaciones económicas internacionales del país iba a tardar, a su juicio, muchos años en desarrollarse, tal como sucediera y que aún se encuentra postergado con sus consecuencias sobre el desarrollo de esas regiones.

Su propuesta del Noroeste a partir de Salta y Jujuy con Bolivia, dio lugar, en 1974, durante la postrera presidencia de Perón, pero a nivel del sector privado, al Geicos (Grupo Empresario Interregional del Centro Oeste Suramericano) que se mantiene, con peso reducido, en el marco de las ferias internacionales que se realizan en esa región, sobre todo en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Su secretaría general está en la Cámara de Comercio Exterior de Salta y está integrado por empresarios del norte de la Argentina, entre los que tuvo, tiempo después, como uno de sus principales impulsores al ex gobernador de esa provincia Roberto Romero con la ampliación al llamado “Norte Grande”; de la zona suroriental de Bolivia; del centro-oeste del Brasil; del norte de Chile; del Paraguay, y del sur del Perú. Su área de influencia alcanza a los 4.074.593 kilómetros cuadrados con una población del orden de 40 millones. En su desarrollo, a partir de la alianza anti brasilera propuesta por el ex presidente de factoAlejandro Agustín Lanusse con los entonces gobiernos de izquierda de Bolivia (Juan José Torres), Chile (Salvador Allende) y Perú (Juan Velasco Alvarado), y desarrollada por empresarios de la región, había tenido, entre los técnicos que trabajaron el tema a economistas como el mencionado Vernet y el cordobés Jorge Raúl Caminotti, luego ministro de Economía de su provincia durante la gobernación de Eduardo Angeloz y quién, como subsecretario de Comercio Exterior de la Nación, en 1981 durante la etapa aperturista del “Proceso” cívico-militar iniciado en 1976 bajo la presidencia de Roberto Eduardo Viola, también fue un propulsor de la integración regional.

Sin embargo, el predominio de las ideas sobre “hipótesis de conflictos” hizo que los gobiernos argentinos se mostrasen poco proclives a los procesos de integración, con la excepción de los de Perón, hasta la desaparición de las dictaduras cívico-militares que soportó la región entre los años 1960 y 1980. Un caso relevante fue el rechazo del gobierno argentino de Lanusse a la propuesta brasilera de instalar en Corumbá, en el oeste del Brasil, cerca de Bolivia, una gran siderurgia de la Cuenca del Plata para aprovechar los yacimientos ferríferos de El Mutún, en Bolivia, creando una multinacional (en su verdadera concepción, no la que se usa para disfrazar las transnacionales) de los gobiernos de la Argentina, de la propia Bolivia, del Brasil, del Paraguay y del Uruguay.

La paridad cambiaria y el nivel de vida

Es muy interesante, en estos tiempos en los que se habla de la correlación entre las diferentes monedas nacionales como el dólar estadounidense, el euro de la Unión Europea o el recién aparecido remimbi chino, más las monedas virtuales como las que circularon en el mundo en diferentes momentos y que en la argentina propuso ese gran economista Jean Silvio Gesell, un número uno del pensamiento económico para el inglés John Maynard Keynes, hacer un breve repaso del pensamiento de Bunge al respecto.

Precisamente el primero de julio de 1921, 99 años atrás, Bunge publicó al respecto, en el matutino "La Nación", un trabajo titulado "Desnivel internacional del poder de compra de la moneda", reproducido días después en la "Revista de Economía Argentina", y actualizado en 1940 en su obra cumbre, el libro "Una nueva Argentina", para muchos el más serio programa integral de gobierno elaborado en el país.

Bunge sostenía, con razón, que "las variaciones de los niveles monetarios del cambio no guardan exacta relación con las variaciones de los respectivos niveles del poder de compra de las monedas en su propia jurisdicción", de donde resulta que mientras una moneda puede avaluarse internamente para la adquisición de productos domésticos bien puede devaluarse para la adquisición de bienes extranjeros. 

Por esa razón, desechaba las comparaciones de precios y salarios locales con los de otros países mediante una mera reducción a una única moneda de cuenta cómo pudieron ser, según las épocas, la onza troy, la libra esterlina o el dólar estadounidense. Bunge ejemplificaba su argumento mostrando estadísticas, una de las cuales exhibía que en 1940 con un peso moneda nacional se compraban más bienes que en 1929 pero menos divisas. 

Así es como elaboró un proyecto de ley destinado a mantener los salarios dentro de lo que hoy bien pudiera calificarse como una "banda de flotación". El sistema estaba expuesto en las publicaciones firmadas por Bunge, en las que el economista admitía su aplicación no sería fácil pero añadía:"¿por qué no intentarlo?", ya que, en todo caso "la experiencia iría indicando las modificaciones a introducir" .Como principal impulsor de los organismos de relevamiento de datos de Argentina, de los que es heredero el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), Bunge propició que mediante una ley se siguiera la evolución de los precios de la canasta familiar y los salarios en todo el país, creándose una Comisión Asesora en el ámbito del Departamento Nacional del Trabajo (hoy Ministerio), que dirigió.

Conciencia nacional

Han pasado 99 años e ínterin de por medio se han fortalecido ideas formuladas por Bunge como aquellas de la “conciencia nacional” y del “ser nacional”. Las mismas han sido explicitadas y reformuladas una enorme cantidad de veces, inclusive por el propio Perón, pero el punto de arranque de su formulación también está vinculado a ese ingeniero-economista que también supo ser sociólogo, además de padre de las estadísticas argentinas y otras cosas.

Fue precisamente en el Instituto Popular de Conferencias que poseía el diario “La Prensa” en su viejo edificio de la Avenida de Mayo al 500, hoy sede del Poder Ejecutivo de la CABA, donde en 1924, Bunge planteó la cuestión al señalar que “La conciencia nacional que hubiera nacido sin otro bagaje que el recuerdo de Mayo, de sus clarines y de sus banderas, sería hoy insuficiente”. Era necesario avanzar mucho más y la cuestión económica y el comercio internacional debían ser clave para todo ello.

En ese marco su afirmación, en la misma conferencia, de que “Debemos convencernos (de) que ésta es la última generación de importadores y estancieros. En la próxima generación, la de nuestros hijos, el predominio será de los granjeros y de los industriales. De los hombres de la gran industria, de la industria media, de los artesanos, de los obreros manuales, de los granjeros, que han de multiplicarse también como se multiplican hoy los pequeños talleres de artesanos”, marcó todo el paradigma existente detrás de lo que fue explicitando en sus últimos 19 años de vida. Esa afirmación antes transcripta constituyó una verdad para esa generación de los hijos a través de los cambios que se fueron dando a los que el estado fue estimulando desde entonces hasta la reversión que se dio a partir de 1956 y particularmente durante los gobiernos cívico-militares de 1976 a 1983 y de Carlos Saúl Menem entre 1989 y 1999, sufrida por los nietos y bisnietos.

Su sentido de la “conciencia nacional” ya había hecho que en 1921 mostrase su preocupación por los sectores más humildes al hacer reformular, como nuevo director nacional de estadísticas los esquemas censales del país. No le habían pasado por alto el “Grito de Alcorta” de 1912; los estudios del socialista uruguayo Adrián Patroni (rescatados recientemente por el historiador Víctor Oscar García Costa) de 1904 formulados en “Los trabajadores en la Argentina”; y el muy poco posterior “Informe Bialet Massé”, elaborado por el médico catalán Joan Bialet i Massé (argentinizado como Juan Bialet Massé) y encargado en su retirada por el ex presidente Julio Argentino Roca. Por ello es que en ese mismo 1921 expresó al escribir “Los problemas económicos del presente”: “Estudiaba las planillas, las comparaba con las estadísticas de otros países y no podía contener mi imaginación que volaba a los conventillos durante la noche para ver el hacinamiento... ¿Cómo se acomodarían ocho o nueve personas? ¿Cómo dormirían? Parecióme respirar la atmósfera viciada, oír el llanto de los niños y las quejas de algún enfermo... Ignoraba la magnitud de esa dolorosa llaga de nuestra capital. Los números me la revelaron en toda su extensión, ya tarde, después de varias horas de estudio, llegué a la convicción y a la comprensión del hecho, el dolor era grande... ¡Cuántas desdichas!... ¿Cómo se podría leer, estudiar, meditar en las horas de reposo, en aquel hacinamiento? ¡Cuánto sufriría la vida de familia! ¡Cómo se reducirían las satisfacciones del hogar!”.

No faltaron quienes iban a recoger esas preocupaciones como el médico y diputado cordobés Juan Félix Cafferata, uno de los propulsores de la construcción del nuevo “Hospital de Clínicas José de San Martín” de la Universidad de Buenos Aires y de los barrios de viviendas populares, uno de los cuales lleva su nombre en la CABA y, algo más de dos décadas después, a través de su vasta política de desarrollo social como, progresivamente, secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra, vicepresidente y presidente de la Nación, Juan Domingo Perón. Por eso, como señalara Abel Fernández, se torna imprescindible rescatar a Alejandro Bunge del depósito de los olvidados para instalarlo en el panteón de los grandes de la historia argentina.

Bibliografía

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Fernández, Abel Baldomero; “Un patricio industrialista para una nueva Argentina”; agencia Argenpress; Buenos Aires (Argentina); 15-2-2008.

González Bollo, Hernán; “La formación intelectual del ingeniero Alejandro Ernesto Bunge (1180-1913)”; revista “Valores en la sociedad industrial”, N° 59; Universidad Católica Argentina (UCA); Buenos Aires (Argentina); 2004.

González Bollo, Hernán; “Alejandro Ernesto Bunge: ideas, proyectos y programas para la Argentina post-liberal (1913-1943); revista “Valores en la sociedad industrial”, N° 61; Universidad Católica Argentina (UCA); Buenos Aires (Argentina); 2004.

O’Donnell, Mario (Pacho) y otros; capítulo de Fernando Del Corro; “La otra historia”; Ariel (Editorial Paidós); Buenos Aires (Argentina); 2012.

Piñeiro Iñíguez, Carlos; “Perón: La construcción de un ideario”; Instituto Di Tella, Siglo XXI Editora Sudamericana SA y Caras & Caretas, coeditores; Buenos Aires (Argentina), 2010.

Rapoport, Mario (con la colaboración de Eduardo Madrid, Andrés Mussachio y Ricardo Vicente); “Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2000); primera reimpresión corregida; Ediciones Macchi; Buenos Aires (Argentina); 2000.


(1) Transcripción de una carta que le enviase desde París el general Lucio Victorio Mansilla, entre otras cosas sobrino de Juan Manuel de Rosas e hijo del héroe de la Guerra del Paraná frente a la invación (está así, con “c”) anglo-francesa, y autor de los libros “Una excursión a los indios ranqueles” y “Los siete platos de arroz con leche”, el 8 de octubre de 1902: "Querido Bunge: Con muchos gusto recibí su afectuosa carta del 6. Me alegró infinito de verlo perseverante y con salud. Comprendo su anhelo de concluir parar volver a las ollas de Egipto. Pero como no se tomó en una hora, tiene que esperar, - lo cual es la ley de la vida. ¡Imagínese! Si no esperamos, no existiría la esperanza, consuelo y fuerza. Como lo ve, estoy en Paris, en 184 Avenida Victor (está sin acento) Hugo, en un apartamento alegre, muy cerca del Bois, al que le hemos puesto "El Nido", vocablo que Dante aplicaba mucho a los sitios amenos. Por si hace alguna escapada, sepa que comemos a las 7.30 y almorzamos a la 1, y que lo recibiremos como en Berlín, sin ceremonia. Hasta ahora no hace frío y tenemos sol. Que reciba buenas noticias de su casa y que sus sueños de porvenir se realicen son, créamelo, los votos de nuestra simpatía. ¿Qué más? ¿Le puedo ser útil en algo? No deje ociosa la buena voluntad de quien le estrecha amistosamente la mano. Mansilla. Dígame si le mande mi último retrato con sombrero, para remitírselo si no la tiene".


EL DÍA QUE BELGRANO COMENZÓ A REVOLUCIONAR LA ECONOMÍA


En su “Historia de Belgrano y de la Independencia argentina” el ex presidente Bartolomé Mitre cumplió con eficiencia la tarea que se propuso en su trascendente tarea de armar un pasado del país al servicio de los grandes intereses de su época. Mitre fue un notable escritor a la hora de armar una leyenda que legó a las futuras generaciones sobre la historia argentina. Así nos encontramos con que José Francisco de San Martín fue un gran militar que cruzó los Andes para liberar a Chile y luego se embarcó para hacer lo propio con el Perú pero que abandonó la pelea ante el mayor empuje de Simón José Bolívar y no porque Bernardino de la Trinidad Rivadavia le hubiese quitado todo respaldo.  Y en el camino quedaron sus ideas políticas y económicas, las mismas consideradas subversivas, por las que el rey francés Carlos X no lo dejó radicarse en el país galo.

Lo mismo sucedió con Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, condenado a no ser mucho más que el creador de la bandera nacional, lo que por cierto no es poco. En todo caso fue un general que acumuló victorias y derrotas y un hombre generoso que donó recursos para la construcción de escuelas. Nada lo hace recordar como el verdadero impulsor del proceso que devino en la Revolución de Mayo en el cual tuvo como principales aliados a su primo, Juan José Castelli, y a los también mal recordados Juan Hipólito Vieytes, de quién se sabe, en el mejor de los casos, que tenía una jabonería donde unos cuantos se reunían para conspirar, y Nicolás Rodríguez Peña. Todo un grupo de estudiosos de las ideas del gran economista vasco Valentín Tadeo de Foronda, otro escondido de la historia argentina. El mismo cuyas ideas merecieran el elogio del presidente estadounidense Thomas Jefferson y cuya vinculación intelectual con Belgrano y sus compañeros Castelli, Vieytes y Rodríguez Peña mereciera un importante trabajo, tampoco difundido, de Manuel Fernández López (“Cartas de Foronda, su influencia en el pensamiento económico argentino”) quién fuera un destacado profesor en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

El libro del ex concejal peronista marplatense Ricardo Elorza Villamayor “Manuel Belgrano. Líder, ideólogo y combatiente de la revolución” no entra en los análisis de Fernández López, pero constituye un enorme reservorio documental del que surge con claridad la enorme trascendencia del pensamiento y la acción belgranianos. Se trata de una historia global, de aquél al que la ex presidenta Cristina Elisabet Fernández calificara como su prócer “favorito”, que incluye lo relacionado con la creación de la bandera y sus campañas militares pero en el cual también está incluido todo aquello que impulsara, sobre todo desde su cargo de secretario perpetuo del Consulado, para desatar un proceso de transformación del territorio virreinal primero e independiente después. Un proceso frustrado cuyas propuestas de industrialización, diversificación agrícola, servicios financieros y otras pronto fueron dejadas de lado. Propuestas que contra la versión corriente poco tenían que ver con el pensamiento europeo dependiente que le atribuyeron.

Ya el 15 de junio de 1794, 16 años antes de la Revolución de Mayo, había impulsado un financiamiento sin costo para la expansión agrícola, debiendo sus beneficiarios sólo devolver el capital. Sus conocimientos de idiomas permitieron traducir obras de economistas de diversos orígenes, como del fisiócrata francés François Quesnay o de los italianos Antonio Genovesi y Ferdinand Galeani, entre otros. Intelectual notable impulsó la democratización de la educación para lo cual sintetizó su decisión de universalizar el acceso a los conocimientos, como que promovió la gratuidad total de la enseñanza que en el ámbito universitario recogió Juan Domingo Perón en 1949, pero la vinculó con el proceso de desarrollo económico y social. Por ello la trascendencia de la creación de la Escuela de Comercio y Náutica. El Virreinato primero y luego el país tenían que tener su propia flota, manejar sus fletes generando recursos a través de ellos y, en consecuencia, debían existir las personas que se hiciesen cargo de esa tarea. Entre los muchos graduados de esa escuela hay que mencionar al general Lucio Norberto Mansilla, el jefe militar de la lucha contra la escuadra anglo-francesa (1845-1846); al luego gobernador Juan José Viamonte, opositor a la enfiteusis rivadaviana; y al creador de la letra del Himno Nacional, Alejandro Vicente López y Planes.

Propulsor de la forestación y la ecología, Belgrano estableció desde el Consulado una recompensa para los labradores que introdujesen cultivos provechos en arreglo al clima y las características de la zona; impulsó premios para los que crearan huertas y plantaran árboles en la ensenada de Barragán, en la costa bonaerense; y también para aquél que arraigase más árboles y cultivase más hortalizas. Y también estableció premios a quiénes realizasen censos poblacionales en cualquier lugar del territorio. Y como el gran economista escocés Adam Smith, tan poco leído y tan vilipendiado, Belgrano hizo campaña contra los monopolios a los que calificaba como “procedimientos tan repugnantes”.

Claro industrialista también recogió las ideas del inglés David Ricardo, pero no en la forma perversa que se le atribuyen.  Señaló Belgrano que “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse, y todo su empeño en conseguir, no sólo darles nueva forma, sino aún atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo. Y después venderlas”. No se trataba de ser recolonizados sino de hacer lo que ya estaba practicando naciones europeas como los Países Bajos y el actual Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Nada del futuro modelo agroexportador de 1880 en adelante, se trataba de construir una nación industrial que hasta tuviese sus propias compañías aseguradoras para evitar la salida de capitales financieros.

Su visión sobre una flota mercante, incluyendo la construcción de embarcaciones, lo llevó a generar el cultivo del lino y del cáñamo para lo cual comenzó con un subsidio al primero en plantar esas especies. Y en lugar de exportar cueros crudos ya en 1796 impulsó la creación de curtiembres en una zona en la que, no mucho después, desde el Cabildo de Buenos Aires, un tal José Martínez de Hoz, que fuera responsable de la aduana porteña durante los casi dos meses de ocupación inglesa en 1806, se pronunciara contra la industrialización del sebo propuesta por los hermanos Liniers. El Martínez de Hoz fundador de la mayor dinastía de terratenientes argentinos a partir de la campaña del después presidente Julio Argentino Roca en 1879 y cuyo mayor exponente, José Alfredo Martínez de Hoz fuera ministro de Economía argentino entre 1976 y 1981.

En definitiva un Belgrano diferente al de la historia mitrista, pero un personaje real y que debe ser revalorizado, entre otras cosas, como el primer gran economista argentino cuando, precisamente, se cumplen 225 años de su designación como Secretario Perpetuo del Consulado de Buenos Aires el 2 de junio de 1794, lo que para la corona significó un reconocimiento a su paso universitario por España como gran discípulo de otro gran economista de ese país, Melchor Gaspar de Jovellanos y para la Argentina el primer intento serio de desarrollo que hoy se debiera tener en cuenta.

1º de ABRIL: FUNDACIÓN DE "EL TELÉGRAFO MERCANTIL", PRIMER PERIÓDICO EDITADO EN ARGENTINA


El primero de abril es, en los hechos, el cumpleaños del periodismo en la Argentina. Una fecha que bien vale ser recordada, entre otros, por aquellos que transitamos por esa profesión. Ese día, en 1801, hacen hoy 220 años, apareció el primer periódico editado en el país, “El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata.

Fue su fundador el militar y escritor español Francisco Antonio Cabello y Mesa y se imprimió en la Real Imprenta de Niños Expósitos. La idea que concretara Cabello y Mesa surgió de dos figuras claves del entonces gobierno colonial español como el luego gran patriota nacional Manuel José Joaquín del Sagrado Corazón de Jesús Belgrano, por entonces secretario del Consulado de Comercio, y por el virrey Gabriel Miguel de Avilés quién, como tal también impulsó cambios económicos y sociales como cuando apoyara la creación de la Escuela de Náutica por el mismo Belgrano o terminara con las encomiendas de guaraníes, entre otros. 

Belgrano también fue uno de sus habituales columnistas entre los que también se destacaron Juan José Castelli; Pedro Antonio Cerviño; el sacerdote Luis José de Chorroarín; el poeta y primer futbolista argentino Domingo de Azcuénaga; el dramaturgo Manuel José de Lavarden quién en ese primer número publicara su “Oda al Paraná”; y el bohemio, hoy checo, Thaddeus Peregrinus Haenke quién escribió sobre sus numerosos viajes. 

El Telégrafo Mercantil” fue clave para que el país se denomine Argentina y sus habitantes argentinos. Difundió ampliamente en la sociedad de su época tal término que le había sido dado al que hoy es nuestro país en 1215, unos seis siglos antes, por el bardo alemán Wolfram von Eschenbach en su “Oda a Parsifal” 277 años antes del primer viaje de Cristóbal Colón a América. Nombre luego tomado por Martín del Barco Centenera. Al utilizarse el término “argentino” para todo lo que tenía con la región del Río de la Plata se generalizó dicho gentilicio que hoy nos identifica a los 45 millones que nacimos en esta tierra. 

Desde las páginas del periódico se dieron informaciones de todo tipo poniéndose énfasis en lo relacionado con el comercio en el virreinato. En una de ellas, aparecida el 11 de octubre de 1801, se hizo hincapié en la posibilidad de hacerse de cueros y plumas mediante la caza en el bañado de Quilmes y arroyos del Riachuelo de cisnes, gaviotas, nutrias, perdices, perros cimarrones, venados, vizcachas, zorrillos y zorros. Pero también se publicaba información general, variedad de notas de color y poesía, en muchos casos con la participación de jóvenes interesados en la cultura. 

El 8 de octubre de 1802 dejó de editarse “El Telégrafo Mercantil” después de haberse publicado 110 periódicos, amén de suplementos y números extraordinarios. Las razones para su cierre fueron varias, una de ellas de carácter económico pero también por problemas con las nuevas autoridades. Ya no estaba el virrey Avilés, quién fuera destinado a Lima, y reemplazado por Joaquino del Pino, comúnmente Joaquín del Pino, quién lo clausuró y puso fin a los problemas del periódico y a los suyos propios. Esas nuevas autoridades se molestaban cuando en sus ocho páginas aparecían algunas críticas, aunque siempre amables, que incluían otras a ciertas costumbres no muy sanctas, y tampoco se mostraban conformes con su estilo satírico y desprejuiciado. 

El periódico, que aparecía los miércoles y los sábados, y luego agregó un ejemplar dominical, carecía de subsidios y se sostenía con los ingresos que le proporcionaban sus cien suscriptores que aportaban para mantener su proclama como “periódico al servicio de la patria y la educación del prójimo”. Para quién no contara con el dinero para la suscripción se lo podía leer en bares a cambio de alguna monedita a la gorra pero sus principales lectores eran hombres vinculados con el mundo de los negocios y con un buen nivel de educación. 

Entre los suscriptores se encontraban “El Café del Colegio”, el “Billar de Don José Mestres”, la “Pulpería de Don Pablo Vilarino” y el “Café de Marco”, del cual era parroquiano Cabello y Mesa, organizador también de la “Sociedad Patriótica, Literaria y Económica”, fundada en ese mismo café. Pero a partir de ese 8 de octubre de 1802 ya los ciudadanos porteños dejaron de enterarse de muchas cosas, entre ellas de actos de corrupción cuya difusión enojaba al virrey del Pino.